[ Imagen de cabecera: niños de la Casa Cuna dos meses antes de la Explosión, vestidos para el Corpus ]
Uno de los mayores tesoros documentales de la Explosión de Cádiz de 1947 es la caja 1.090, custodiada en el archivo de la Diputación Provincial. En ella se encuentran, además de los papeles de la Comisión Pro-Daminificados de la catástrofe, la relación de los niños fallecidos y supervivientes de la destruida Casa Cuna. Allí perdieron la vida un total de 26 niños, además de la Madre Superiora, otras 3 religiosas y al menos 11 amas de cría. En esa relación aparece el nombre de un crío de cuna llamado Manuel Copano Calvo, expósito, cuya inclusión entre las víctimas mortales ha arrastrado a los investigadores a considerarlo así hasta casi sesenta años después de aquel fatídico suceso. Por esa razón la sorpresa fue del todo desconcertante cuando el pasado mes de julio un primo de Manuel, Francisco Copano Ballvé, me decía en una nota que este niño, a quien incluso la investigación judicial había dado por muerto, se encuentra vivo y residiendo en El Puerto de Santa María.
Le localicé inmediatamente, sin ninguna dificultad, deseoso de entrevistarme con él personalmente, indagar en su memoria, conocer su historia. Así fue como, a mediados de septiembre de este año, nos encontramos por primera vez para conversar amablemente, acompañados sólo por el aroma de un café que Pascual nos sirve con afecto, y rescatar dos partes de una vida entre el antes y el después de aquel 18 de agosto, en la noche en que Cádiz se creyó desaparecer.
Manuel Copano Calvo nació en Cádiz el 5 de septiembre de 1946 y fue bautizado esa misma tarde en la Iglesia de San Lorenzo. Matilde, su madre, apenas le tuvo entre sus brazos, ya que lo entregó como expósito en la Casa Cuna el 2 de octubre siguiente. Esa fue la última ocasión en que madre e hijo estuvieron juntos. Nunca más supo de ella ni tampoco de su padre, cuyo nombre ni siquiera figura en el juzgado ni en la partida de Bautismo. Allí coincide con otro pequeño llamado Diego, que había nacido cinco días después que él y procedía de la Receptoría de Expósitos de Jerez. Ambos tenían once meses de edad el día en que estalló el depósito de minas. Tras el siniestro, a Diego se le consideró desaparecido, a pesar de figurar inequívocamente enterrado en el cementerio de Cádiz. Manuel, en cambio, pasó oficialmente a engrosar la lista de los niños que perecieron en la catástrofe, aunque, por el contrario, su inhumación no consta en el Libro de Enterramientos del cementerio de San José. Es muy probable que resultara herido, y quizás de gravedad.
Dejando reposar el café, Manuel me cuenta que en su cuerpo tiene marcada una cicatriz que no recuerda haberse hecho nunca. Después de haber sido extraído con vida de entre los escombros, su ignorado paradero pudo ser la causa de esta confusión. Es probable que hubiera sido trasladado a un hospital, como también lo es que alguna persona compasiva lo recogiera para atenderlo en su domicilio, como sucedió al parecer con otros niños acogidos por aquellos días en la institución. El caso es que cuando después del 27 de agosto de 1947 alguien lo retorna de nuevo al Hogar de la Milagrosa, en su expediente personal ya se había escrito una frase que afirmaba: «Fallecido en la catástrofe del 18 de agosto». El funcionario encargado de las cuestiones administrativas, al darse cuenta del error, tacha entonces con un lápiz rojo esta referencia a su fallecimiento y la existencia de Manuel puede proseguir su curso.
Durante sus primeros años apenas alcanzó a conocer algún detalle acerca de su identidad. Celebraba siempre su cumpleaños todos los primeros de enero, por hacerlo coincidir con el de su santo, pues no tuvo a nadie que le recordara nunca la fecha de su nacimiento. El día de su Primera Comunión aún no había aprendido a leer y escribir, y tuvo que recitar de memoria el Misal que le pusieron en las manos. Toda su infancia la imagina en los patios exteriores del colegio Valcárcel, adonde sus recuerdos vuelven una y otra vez mientras va desgranando su mundo a pinceladas.
Manuel deja un momento sobre la mesa una gorra de visera que amasaba entre las manos, echa la mano a la cartera y me muestra unas fotos que llevaba encima, todas disparadas en blanco y negro hace mucho tiempo. En ellas aparece con algunos de sus compañeros del Hogar, de los que aún recuerda sus nombres, como el de Juan Expósito de la Virgen, cuyos apellidos fueron puestos por la propia institución infantil. Me cuenta que en 1968, a los 22 años de edad, recibió la notificación de que había sido alistado para cumplir el servicio militar. Esta circunstancia marcaba el fin de su larga estancia en el colegio Valcárcel, antiguo Hospicio. Fue por ello que un voluntarioso sacerdote se afana en la búsqueda de algún pariente cercano que pudiera hacerse cargo de él a partir de ese momento, hallando en Barcelona a un hermano de su madre llamado Mateo Copano Calvo.
Una mañana lo vistieron de la manera más presentable posible y lo introdujeron en un tren con destino a esa capital. El primer día hizo noche en el colegio de Salesianos de Sevilla y de allí hasta Barcelona. En total fueron 27 horas de viaje. Cuando allí lo recibe su nueva familia, la situación resultó un tanto embarazosa. No era fácil acoger a un joven desconocido hecho hombre, sin ningún rasgo físico que se asemeje a un Copano y aceptarlo como a un sobrino. A pesar de ello tuvo suerte, a diferencia de otro de sus compañeros que fue rechazado por la familia a la que había sido destinado. Mucho después el tío de Manuel se seguiría lamentando profundamente de aquello porque, de haber sabido que su hermana Matilde había tenido un hijo y que ésta había tomado la decisión de abandonarlo, estaba seguro de que no se habría demorado ni un solo instante en ir a su encuentro y criarlo como al resto de sus hijos. Pero hay cosas que a ciertas alturas no se pueden cambiar. A partir de ahí Manuel se hizo cargo de su propia vida. Terminó el servicio obligatorio y empezó a trabajar en Correos, oficio que le pudo encontrar su nueva familia. Más tarde regresaría a la Bahía de Cádiz, destinado en El Puerto de Santa María, donde en la actualidad vive y trabaja desde hace ahora 30 años.
Manuel es una persona carente de todo rencor. A punto ya de jubilarse, mira hacia su pasado en el Hogar del Niño Jesús sin odio ni tristeza, pero tampoco con excesiva emoción. Sus mejores recuerdos son sus compañeros expósitos y de ahí que los guarde en su memoria como si hubiera sido ayer cuando jugó con ellos por última vez. No ha olvidado fechas ni nombres y se sonríe cuando habla de Sor Mercedes, la Madre Superiora, o de Don Guillermo, el Director de los Salesianos. La única manera de resarcirse de sus heridas, las que le marcó en el cuerpo la catástrofe y las que le produjo en su ser el abandono y la indiferencia, es viajar, constantemente, en compañía de su esposa.
Sentados junto a dos tazas de café, Manolete me mira con sus ojos claros y me asegura que acaba de cumplir sesenta años. Y yo, por más que le observo, sólo logro ver en él a un asustado niño de once meses de la Casa Cuna, que no acaba de comprender aquello a lo que acaba de sobrevivir.


