[ Imagen de cabecera: vista aérea de Google Earth de los terrenos del Instituto Hidrográfico de la Marina ]
Pero los jardines, por muy verdes que sean, no dan de comer; y buscando el trabajo llegó Vea Murgía. Y detrás de él también Horacio Echevarrieta, quien selló su compromiso obrero con las flores que el empresario vasco regaló a su entonces viuda el día en que el primero de sus barcos, el carguero Gadir, se hizo al mar de la bahía. Tenía que llamarse Gadir; el principio de una historia de la construcción naval sobre las aguas amansadas por las flotas fenicias y púnicas, entre sarcófagos, hipogeos y lúculos a la vista de los fondeaderos. Por cada palada de tierra removida para construir el astillero fueron hallando en el suelo estos vestigios del pasado: lo mismo un esqueleto de hombre con sus viejas armas de hierro o el de una mujer con su milenario collar de cuentas labradas en oro y ágatas. Así afloraron las antiguas tumbas que obligaron a modificar la posición del depósito de torpedos, que minutos antes de la Explosión apuntaba a traición como un fusil contra la espalda de Ana.
Siete talleres como siete pecados mortales quiso construir la Maquinista Terrestre y Marítima; y bastó solo uno, de techos de uralita y débiles paredes acristaladas, para mutilar todo el plan de desarrollo del Cádiz de extramuros. Premonitorio fue el 29 de diciembre de 1937 en que los soldados Feliciano y José murieron tras la explosión ocurrida en las letrinas del Servicio de Recuperación de Automóviles en que se convirtió aquella Fábrica Nacional de Torpedos por la que apostaron Echevarrieta, Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera. Una fábrica de telarañas. Luego la guerra mundial, el miedo a la invasión aliada, el trasiego de minas submarinas, los uniformes blancos que cada vez eran más, la feliz inauguración del Instituto Hidrográfico, el reloj marcando una sudorosa cuenta atrás y la noche trágica de la Explosión.
Lo dijo Manuel Gandarias a los pocos días de morir su mujer estampada contra el muro de su casa: fue el mayor delito culposo sin parangón como tal en la historia de la criminalidad española. Y alguien se encargó de que no dijera nada más. El tiempo pasó y los hechos prescribieron. Estas cosas pasan cuando media el silencio y la iniquidad de quienes supieron ocultar las pruebas, acallar las voces de quienes lo advirtieron inútilmente y menospreciar hasta el valor de quienes evitaron peores males con las manos ennegrecidas por el hollín, el polvo de los escombros y la sangre reseca de los muertos. Ahora solo queda el lamento, la añoranza y los espíritus. Sin embargo, una deuda moral no prescribe nunca, aunque pasen los años o siglos que tengan que pasar. Y una deuda moral se paga.
Por eso volverán, ¡claro que volverán!, más temprano que tarde, los jardines elíseos de Cayetano del Toro, los verdes jardines a los pies de Bahía Blanca, la gente paseando junto a las tumbas de piedra de nuestros antepasados, el ajuar de ágatas y los sagrados huesos de los primeros pobladores, los muros derribados del Instituto Hidrográfico que atenazan el suburbio que todos ansiaron y que nadie supo modelar, unos bancos sobre los que descansar, de verde carruaje o bandera multicolor pintados, los artistas gaditanos ideando creaciones a la luz del sol naciente, los pensamientos divagando en el devenir de la vida, la historia naval y obrera que nos legaron a los gaditanos la ruina económica de Lacaisagne, Vea Murgía y Echevarrieta, el alma de Ana Rodrigo Paredes representada en aquella planchita que Carmen Berraquero me entregó setenta años después con el fin de recordarla para siempre y la albura de los senderos de una memoria que aún está por cerrar. A la espalda del cadáver inerte de Ana, espera el Parque de la Explosión: la deuda moral que, tarde o temprano, habrá que pagar.


